Javier Moro

Javier Moro

JAVIER MORO

Javier Moro (Madrid, 1955), antropólogo, es autor de grandes epopeyas humanas como Senderos de libertad, que narra la lucha de los pueblos amazónicos para sobrevivir a la creciente devastación de su entorno. Ha publicado El pie de Jaipur, (1995), Las montañas de Buda (1998), La mundialización de la pobreza (1999), Era medianoche en Bhopal (2001) y grandes éxitos como Pasión India (2005) y El sari rojo (2008). Colabora en periódicos y revistas españoles y europeos, y en proyectos de televisión y cine.

 

Protegerlos es protegernos.
Javier Moro

 

¿AISLADOS O INTEGRADOS?

Estaba en la Amazonia brasileña cuando el gobierno anunció la demarcación de una enorme franja de territorio indígena. Recuerdo que los campesinos y caboclos reaccionaron indignados: «¡Somos más pobres que los indios! -clamaban- ¿Por qué ellos tienen tanta tierra y nosotros nada?».

Para quienes conocemos el expolio y la explotación a la que los indígenas de todo el mundo han sido -y siguen siendo- sometidos, se podía contestar a esa pregunta con argumentos referentes al derecho legítimo de las comunidades indígenas a adueñarse de sus tierras ancestrales, etcétera. Pero si bien estos argumentos hubieran satisfecho a cualquier occidental educado y con conciencia histórica, aquellos campesinos sólo veían en ellos palabras huecas. Su problema era muy concreto y tenía que ver con su propia supervivencia: sabían que los expulsarían de las tierras que habían ocupado porque ahora pasarían a formar parte del territorio kayapó. Los argumentos de tipo ecológico tampoco consiguieron aplacarlos. Conocían la verdad: los indígenas de hoy no cuidan su entorno porque ya no viven de él. O mejor dicho, viven de él, pero no de la manera tradicional, aunque sigan vistiéndose con penachos de plumas multicolores y vayan pintarrajeados. Desde el momento en que entran en contacto con la cultura dominante, los indígenas dejan de ser guardianes de la biodiversidad. Sus frágiles sociedades están heridas de muerte. Conservan sus rituales, pero sin sustancia. Acaban convirtiéndose en una imitación de sí mismos.

Recuerdo un viaje que hice remontando el río Xingú en compañía de unos indios kayapó para conocer la aldea de Gorotire, donde el antropólogo Darrell Posey había pasado dos décadas recopilando el saber ancestral de la tribu en un esfuerzo multidisciplinar de gran envergadura. Después de diez días de viaje río arriba, creí haber llegado a una aldea prístina y pura. Nada más desembarcar me dijeron que tenía que saludar al cacique, que estaba reunido en la casa de los hombres. Los encontré a todos sentados o en cuclillas mirando un punto del techo. Al acercarme, me di cuenta de que estaban viendo una televisión colgada del techo en la que emitían un episodio de Dallas doblado al portugués. Estaban fascinados por un mundo que conocían mal y poco, pero lo que descubrí más tarde fue desalentador. La corrupción empapaba todos los estratos de la sociedad. Esa comunidad había dejado de ser igualitaria desde que unos madereros habían sobornado al cacique para explotar parte del territorio. El hombre usó su dinero para comprarse una avioneta que lo pudiese llevar a visitar las prostitutas de las ciudades próximas. Luego, para conseguir más dinero, autorizó la prospección de oro, actividad altamente contaminante. El dinero propicia la desigualdad y, con ello, la desintegración de la sociedad tribal. Más que ayudar a preservar la biodiversidad, lo que estaban haciendo los kayapó era colaborar con las fuerzas más destructivas del medioambiente a cambio de un beneficio a corto plazo, como disponer de televisión o de motores fuera borda. Y lo hacían burlándose de la Constitución brasileña, que prohíbe la explotación de recursos no renovables en áreas indígenas.

Acabo de regresar de Kenia. Allí los masái están propiciando un auténtico desastre medioambiental, aparte de estar perjudicando a otras etnias del país. La explosión demográfica y el dinero que consiguen del turismo que viene a ver la fauna en libertad les permite cumplir con su sueño tradicional: tener rebaños cada vez mayores. Pero lo que hacen las vacas y cabras es esquilmar la vegetación e invadir el territorio de los animales salvajes, ejerciendo una presión tan grande que amenaza una fuente de riqueza de la que se beneficia todo el país, independientemente de la etnia. Hace mucho tiempo que los masái dejaron de ser guardianes de la biodiversidad para convertirse en uno de los agentes de su destrucción. El mismo fenómeno se repite en otras partes del mundo. Por eso, todos los esfuerzos deberían orientarse hacia la protección más rigurosa de las tribus indígenas todavía aisladas. Mientras siguen estando aislados, son en efecto los mejores guardianes de su entorno por una simple razón: porque viven de él. Pero el primer abrazo, el primer regalo recibido en el frente de contacto significa el principio del fin. Lo que queda después es una lenta y dolorosa aculturación que lleva aparejada una inevitable disgregación social. El indígena aculturado tiene que aprender a luchar en el mundo de los blancos para preservar, en la medida que sea posible, sus derechos y sus valores. Pero es una lucha desigual, en la que lleva todas las de perder. Lo único que podemos hacer, llegados a ese punto, es ayudarlos a adaptarse, es decir, a transformarse. Al fin y al cabo, el mundo está lleno de sociedades tradicionales que han sabido adaptarse a la modernidad sin perder por lo tanto ni su esencia ni su identidad.

Javier Moro

 
   

Publicado en la editorial LUNDWERG, S.L. De venta en grandes librerías (La Casa del Libro, El Corte Inglés, FNAC, Deviaje, etc.) y en internet

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